Del psicoterapeuta
moderno —que ha recibido las herencias freudiana y de la psicología humanista.
La teoría de la neurosis de Freud esencialmente tiene la angustia como eje, de
modo que se puede definir una conducta como neurótica cuando significa una expresión
de algo motivado por la angustia. La corriente existencial de la psicoterapia, por
r otra parte, se apoya en su visión de la neurosis como una pérdida de la
autenticidad.
Difícilmente son
separables estos dos puntos de vista, sin embargo, ya que no habría motivación
de enmascaramiento si no se quisiese a través de ello huir de la angustia, y difícilmente
puede el miedo no ser acompañado de una traición a sí mismo, es decir, una pérdida
de autenticidad. Esta relación recibe reconocimiento en la representación de miedo
y falsedad como puntos simétricos que en el eneagrama están unidos por una línea.
Pero estos dos
pilares de la neurosis —el miedo y la inautenticidad— se entienden según el
eneagrama como componentes de una tríada. Una tercera piedra angular en el
edificio de la neurosis —ya lo hemos visto— es una pereza de la conciencia, una
inercia cognitiva: pereza acidiosa. Llamarla, siguiendo a Gurdjieff «demonio de
la utoapaciguamiento» tiene la virtud de responsabilizar a la persona de su
inconciencia. La pereza de la conciencia puede expresarse tanto como pereza
espiritual o, más
Ampliamente, como una
pereza psicológica: un no querer saber lo que pasa, no querer enterarse. Se
expresa como una distracción crónica de sí mismo, acompañada a su vez por una
atención exagerada al mundo exterior. Una posición acidiosa ante la vida es la
de una psiquis pesada o excesivamente inerte, sobre-estable; su pérdida
de sutileza y espontaneidad culmina en la robotización. En el plano de la conducta
resulta esa falta de interioridad en una excesiva inercia, flema o pasividad;
en lo más íntimo, junto con el olvido de sí, una pérdida de vida.
La ubicación de la
acidia como vértice del triángulo central del eneagrama de las pasiones indica gráficamente su relación con los otros
dos vértices del triángulo. Las flechas en el gráfico nos quieren decir que
resulta esta pérdida de ser y esta desconexión de la persona consigo misma del
enmascaramiento, y que, a su vez, la pérdida del ser constituye el corazón dinámico
del miedo: cuando la vida exige acción, la falta de anclaje en la vivencia del
propio ser nos hace excesivamente vulnerables.
Podemos decir que en todo miedo hay miedo a
una aniquilación futura que es como una reverberación de una intuición del no
ser. Dicho de otra manera: en tanto que la acidia es una vivencia del ser que
se olvida a sí mismo, que no está en búsqueda sino que en una actitud
complaciente, resignada, el miedo está al borde del no ser, y se afirma
tensamente ante la nada intuida.
Por otra parte, como
dice Goya, el sueño de la razón crea espectros: la inconsciencia es raíz de las
fantasías que pueblan la atmósfera del miedo. Estas son, pues, las tres piedras
angulares en la estructura del ego o personalidad: el miedo, la vanidad y la
pereza o inercia de la conciencia, presentándolo como una pérdida de
interioridad.
El círculo vicioso de
los tres constituye una teoría dinámica de la neurosis. «Dinámica» por cuanto
que cada una de estas entidades constituye un foco energético del cual procede
un cierto tipo de acción, y también por cuanto la tripartita teoría incluye la visión
meta dinámica: una dinámica de transformación recíproca entre las tres
motivaciones neuróticas básicas.
Espero que para otros
sea, como es para mí, inspiradora esta visión de la neurosis, que implica
visión «terapéutica» en el amplio sentido de constituir una concepción del
proceso de liberación: se trata de un proceso de toma de conciencia, que va
aparejado a un desenmascararse frente a los demás, a una superación de
inhibiciones y una trascendencia del miedo. Más generalmente, un psicoterapeuta
que llegue a conocer el eneagrama difícilmente podrá sustraerse a una
contemplación del proceso terapéutico como un movimiento a contra-corriente con
respecto a cada una de las nueve pasiones alas que habremos pasado revista
antes de terminar este capítulo.
Antes de exponer el
círculo de las fallas fundamentales o pecados, sin embargo, diré quela
representación circular implica la posición no privilegiada de ninguno. Dicho
esto, comienzo el recorrido de los seis no incluidos en la tríada central con
aquel que se sitúa en el punto uno del eneagrama: la ira, cuya vecindad a la
pereza de la conciencia reconoce el viejo dicho de que «la ira es ciega.»
Veremos que el carácter que lleva a la ira por núcleo motivacional no es un
carácter violento, sino que, por el contrario, alguien que se opone a la
violencia tanto en sí como en los demás. La violencia a la que incurre a ciegas
no es propiamente lo que llamamos violencia sino que se expresa más bien en la actitud
crítica, el interés en el poder, en la exigencia y en el dominio.
Aquello de que la ira
sea ciega no se expresa concretamente como la violencia de un Ajax que arremete
contra los toros en la oscuridad: puede expresarse tan sutilmente como en la
situación caricaturizada por Quino en un cartón que representa a un
pastor de expresión dura y seria que en su implícita crítica a la estupidez de
sus ovejas (que no comen ordenadamente) no ve cómo ellas han dibujado en la
pradera una figura humana sonriente; y menos podría concebir que quieran
comunicarle algo con tanta simpatía como inteligencia. En tanto que la persona
en quien la ira constituye una pasión dominante no es visiblemente iracunda, la
violencia manifiesta sí que es expresión característica de la lujuria.
Cuando ésta
predomina, la actitud psicológica es una en la que la agresión no es negada o
controlada sino que, por el contrario, sobrevalorada. Así como la ira es una mano
rígida que controla, la lujuria entraña una negativa desafiante al control
represor.
Aunque
convencionalmente se identifica la lujuria con la pasión sexual, la
entenderemos aquí en un sentido interior, como un excesivo deseo de más: una
pasión de intensidad. Naturalmente satisface a esta intensidad el sexo; pero
una persona lujuriosa derrocha su energía y busca intensidad en todo, tanto en
el mundo de los estímulos sensoriales como en el de la acción. Parecería que la
lujuria es un gesto completamente opuesto al de la pereza. En tanto quela
pereza se expresa en flema, en la tendencia a la inmutabilidad y falta de
pasión, la lujuria parecería entrañar un exceso de pasión. El lujurioso que
considere introspectivamente su lujuria, sin embargo, podrá descubrir que
precisamente porque no se siente, necesita tanto sentirse; precisamente como
consecuencia de un proceso de insensibilización quiere reemplazar
desesperadamente la insensibilidad por la intensidad.
Hemos dicho algo de
las tres pasiones que se representan en el área superior del eneagrama y que
podemos llamar la familia de la acidia. Pasemos a considerar una que se sitúa
en el polo opuesto en el eneagrama, e integra la familia del miedo. ¿Por qué se
aferra la avaricia a sus objetos sino por el miedo? Naturalmente no se trata
aquí solamente de avaricia de dinero, sino de un gesto retentivo más amplio de
la psiquis, que es como una defensa ante la imaginada privación. También
es la avaricia algo así como un estar paralizado de miedo, y va aparejada a un
economizarse de vivir —un no invertirse en actos (y en particular en
relaciones) y un reservarse para un posible futuro mejor.
Pero un no darse,
propio de la avaricia, implica no sólo un trasfondo de miedo, sino un aspecto
carencial que aúna la avaricia con la envidia. Se puede describir la envidia un
intenso deseo de incorporar algo a partir de un vivo sentimiento carencial. Se
puede decir en términos psicoanalíticos que la envidia es una pasión
«canibalística,» devoradora. La envidia, a su vez, está a medio camino entre la
avaricia y la vanidad, perteneciendo (junto al orgullo, y en una posición
simétrica a él) a la familia de la vanidad. Si la envidia anhela llenarse, el
orgullo se siente ya lleno, y se ofrece a llenar al prójimo. La envidia pide,
desea desde su sentimiento carencial; el orgullo ofrece, da, desde un
sentimiento básico de abundancia.
No hay duda que este
gesto de la envidia causa mucho más dolor que aquél del orgullo, que en sí es
un gesto placentero. Porque es la esencia misma del orgullo tener una imagen
buena y grande de sí mismo, difícilmente puede ser sentida como problema; de
allí la sabiduría pedagógica de los directores espirituales antiguos que
quisieron señalar especialmente la gravedad del orgullo poniéndolo como el
primero de los pecados. Así lo encontramos, por ejemplo, en el purgatorio de
Dante.
La lógica por la cual
cada punto en el eneagrama representa el resultado de la interacción de los
vecinos, también se expresa en el orgullo, que tiene de común con la vanidad la
falsificación y énfasis en la propia imagen, y con la ira en cuanto que el
orgulloso adopta, como el iracundo, un gesto auto afirmativo y superior. Sólo
nos queda decir algo acerca de la gula, que el eneagrama señala como vecina del
miedo, por más que el carácter goloso no sea uno en que la persona conscientemente
tienda a sentirse intimidada.
El goloso que se
examina profundamente, sin embargo, llega a comprender que su búsqueda de
placer tanto como su evitación del dolor son una reacción de escape ante la
angustia, y una forma de huida de sí mismo. Naturalmente no se trata aquí de
gula de alimentos solamente. Corresponde la gula que describen los teólogos a
lo que el psicoanálisis designa como oralidad receptiva, que constituye un gesto
psíquico semejante al de un niño de pecho, y que bien puede considerarse como una
regresión de un adulto a esta posición infantil más privilegiada en la vida.
La gula no sólo
entraña hedonismo en un sentido sensual, sino en un más amplio sentido que
incluye el no querer incomodarse y el placer particular de la no frustración
—es decirla auto indulgencia. También tenían razón los teólogos al poner a la
gula al comienzo de la serie más antigua de los pecados (antes de que se
remplazara por el orgullo): pues la actitud golosa redunda en más placer que
otras, y por lo tanto es particularmente tentadora. El obstáculo que la gula
puede significar en el camino de maduración se puede entender a la luz de la
divertida anécdota de Oscar Wilde que decía «lo único que no
Puedo resistir es la
tentación.
Si bien la gula
pertenece a la familia del miedo, su relación con la lujuria es igualmente estrecha,
y se hace visible en que las personas predominantemente golosas se parecen alas
lujuriosas tanto en su hedonismo como en su rebeldía. En tanto que la lujuria
busca intensidad, la gula busca placer (y tal vez más decisivamente aún, el no
dolor).Me parece que el círculo de las nueve pasiones básicas presentado por el
chazo constituye un refinamiento sobre la optada de Evagrio no sólo por la
inclusión del miedo entre los pecados sino por constituir, precisamente, un
círculo: una ordenación de las pasiones, y un modelo «psicodinámico»; es decir,
una noción del origen de cada una de las pasiones como resultante de una
especie de hibridación de las vecinas, del conjunto de ellas a partir de una
tríada básica y de cada una de estas básicas por transformación de alguna otra
Es cierto que la idea
de que unos pecados proceden de otros no es nueva en la literatura cristiana:
de ella ha hablado particularmente Casiano (aún en el siglo V) quien después de
pasar unos veinte años en Egipto vino a radicarse en Marsella. Cada uno de los
ocho últimos libros de sus Institutos está dedicado a uno de los
pecados, que se ilustran con ejemplos bíblicos y con anécdotas de los monjes
egipcios. Según Casiano cada uno de los pecados deriva del precedente, según
una ordenación que comienza con la gula y termina en el orgullo.
Pero me parece que la
ordenación de las pasiones en el eneagrama va más allá de las nociones de
Casiano tanto en exactitud como en detalle. Aparte de las relaciones psicodinámico
entre miedo, falsedad y comodidad indolente indican los trayectos unidireccionales
entre los puntos del eneagrama —relaciones psicodinámico entre las demás
pasiones— apuntando a: cómo la ira, vuelta contra sí, se transforma en envidia autodestructiva,
cómo la voracidad envidiosa, vuelta al espejo, se torna generosidad alimentadora
del orgullo, cómo la actitud de conquista seductiva del orgullo se torna en la conquista
avasalladora de la lujuria, cómo la codicia lujuriosa, por auto negación, se
hace
La codicia impotente
de la avaricia, cómo el economizarse y privarse de la avaricia engendra,
compensatoriamente, la actitud de auto derroche y auto indulgencia de la gula y
cómo una vez más el dulce auto indulgencia engendra un opuesto: la severidad
austera de la ira.
Más
significativamente, sin embargo, la psicología transpersonal expuesta por el rechazo
constituyó la expresión de una tradición viva de un conocimiento experiencial
que supo transmitirse vivencialmente. Un aspecto notable de esto es la
comprensión viva que nos ha traído de aquellos caracteres en que predomina una
u otra de las pasiones. (Son testimonio de ello los cursos acerca de esta
caracterología que han pasado a ser parte del
Programa de formación
de los jesuitas en Estados Unidos y en los países anglosajones.)Es cierto que
los padres de la Iglesia no sólo consideraban el conjunto de los pecado es como
una impureza común, sino que también reconocían tipos humanos según qué uno u otro
de ellos fuese dominante. Reflejo de esa visión es la de Dante, que nos ha
presentado a los pecados en encarnaciones particulares, ejercitando en ella un
genio particular para el retrato de caracteres.
También San Juan de
la Cruz en su tratado sobre la Noche Oscura del Alma nos habla de
caracteres al tratar de las formas que toman cada uno de los pecados durante
ese período de pruebas que sigue al despertar místico y procede a la madurez
espiritual.
Se perciben errores
psicológicos en Dante, sin embargo, cuando se familiariza uno bien con la
psicología de los eneatipos que constituía el lado teórico del «protoanálisis» de
rechazo y que a la vez impartía un insight personal más comparable al
que trae consigo la ayuda del terapeuta que la del sacerdote de formación
tradicional. Una notable contribución del rechazo en su manera de implementar
el pronto análisis radicaba en su certero diagnóstico —como ya insinúa la
anécdota que he relatado.
Con he dicho, el auto
diagnóstico es difícil. O, por lo menos, difícil a partir de la simple pregunta
de si predomina en la propia vida el orgullo, la envidia, el miedo o alguna
otra de las «motivaciones deficitarias.»Es menos difícil la tarea, sin embargo,
cuando se tiene más información que la que el mismo rechazo proporcionaba.
Particularmente, es menos difícil equivocarse en materia de
Conducta que en
materia de estados emocionales o motivacionales, como cuando uno se pregunta si
es goloso o más bien lujurioso. Puede ser muy imperfecto el reconocimiento
De nuestras
motivaciones menos loables y la evaluación de su importancia en
Relaciones con los
demás, pero no podemos desentendernos de la realidad de nuestra conducta .Es en
términos de conducta que se plantean, típicamente, las descripciones
científicas de las aberraciones psicológicas, y los diversos síndromes de la
psiquiatría y de la psicología no son otra cosa que la expresión exagerada de
una serie de estilos de personalidad que se centran en una u otra de las
pasiones.
Era natural que, siendo psicoterapeuta, me
fuese dando cuenta ya desde el comienzo de mi trabajo con el chazo que a cada
uno de los pecados o pasiones corresponde a una determinada patología del carácter
entre aquellas que se reconocen en la medicina y la psicología; a través de la
práctica posterior pude apreciar con claridad creciente cómo la posibilidad de
reconocer el propio prototipo entre los caracteres se hace más fácil cuando e
conoce no sólo el eneagrama de las pasiones sino también el eneagrama de las patologías.
Aunque las patologías del carácter no sean sino las manifestaciones más
problemáticas de rasgos caracterológicos que se consideran normales, es también
cierto que lo« normal» es sólo en menor medida «enfermo» (o si preferimos el
lenguaje religioso «pecaminoso») y por serlo así el conocimiento de las
patologías reviste el interés particular de hacernos más visible nuestra
«sombra» a través de su exageración.(También colectivamente es a través del
estudio de lo patológico que hemos venido entendiendo poco a poco la así
llamada salud.)
Aunque en el capítulo
próximo hablaré detalladamente de los nueve caracteres
constituidos en torno
a cada una de las pasiones fundamentales, expondré aquí en forma complementaria
al eneagrama de las pasiones o pecados la correspondiente ordenaciónde las
aberraciones de la personalidad según el eneagrama, esperando que, como esas imágenes
exageradas que nos devuelven los espejos curvos, ello ayude a mis lectores «normales»
a tomar conciencia de sus patologías sutiles.
Referencia: Claudio Naranjo
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